Toda la gente quiere ser feliz, es un hecho, es algo que nos une como seres humanos, todas las personas queremos ser felices. La felicidad para cada sociedad, cultura o persona puede significar cosas diferentes; puede ser tener lujos, estar saludable, puede representar tener éxito en profesional o también el casarse y tener una familia, pero, sobre todo, la felicidad es un estado de satisfacción que puede generarse cuando todas nuestras necesidades están cubiertas. Esto implica dos cosas, la primera, al decir que es un estado, quiere decir que es algo relativamente pasajero y que no lo encontramos en las personas de manera permanente, y segundo, no está ligado a una actitud como nos han hecho creen, si no a la situación real de poder tener, por lo menos, nuestras necesidades básicas satisfechas.

Desde hace décadas, las interpretaciones occidentales de filosofías de oriente, modas nuevas como el new age y un auge poco científico de la psicología, nos han arrastrado a pensar que la felicidad es un estado permanente que podemos alcanzar, ya sea con la realización de asuntos materiales o si no, con una “actitud correcta”, haciéndonos sentir que si no somos felices es porque no queremos.

Esta forma de ver la felicidad ha sido muy dañina para las personas, nos sentimos en la obligación de ser felices y pensamos que somos un fracaso total si no lo somos, se crea un mandato que terminamos internalizando y exigiéndonos ser felices simplemente porque parece que eso es “lo correcto”. 

Sin embargo, cuando analizamos esta perspectiva, podemos observar porqué ha causado tanto daño en la salud mental de las personas, para empezar, el mandato de ser felices nos cierra la posibilidad a permitirnos experimentar sin culpa emociones completamente naturales y necesarias como el enojo, el miedo o la tristeza, rechazamos todo lo que tenga que ver con estas emociones e incluso lo juzgamos y terminamos en un laberinto sin salida porque sufrimos más al batallar contra ellas que permitiéndonos sentirlas. Por otro lado, otro error en la premisa de la felicidad eterna y voluntaria es que deja de lado una parte importante de la definición misma de felicidad: satisfacción de necesidades. Las necesidades humanas básicas no son solo las de comida, salud, vivienda, etc; también una necesidad para el ser humano es la paz, la certidumbre, el sentirse amado, el saberse con los recursos necesarios para afrontar cualquier desavenencia, y esto incluye lo material. Cuando dicen “el dinero no compra felicidad” se formula una frase bastante inexacta, porque, aunque es verdad, la felicidad, sí compra comida, ropa, tratamientos médicos, paga momentos de esparcimiento, consigue una casa en una colonia segura y sobre todo nos da la tranquilidad de tener los recursos materiales para lo que haga falta. No podemos exigir seres felices cuando todavía falta mucho para poder lograr una realidad con justicia social, igualdad de oportunidades y acceso a todo lo necesario.

La idea no es dejar de buscar eso que nos hace felices, la idea es dejar de romantizar la felicidad y no verla como algo que “debemos” alcanzar. También tenemos derecho a estar tristes, sin motivación o con miedo, en especial en tiempos como estos donde todo ha sido una incertidumbre total. Así que es importante que podamos comenzar a permitirnos y permitir a las demás personas experimentar emociones no tan agradables que son naturales y finalmente necesarias para adaptarnos y aprender, lo que curiosamente, trae felicidad.

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